24 de julio de 2017

En el tren

Uno de esos días insulsos que existen y que uno tiene; uno de esos trenes medio vacíos a horas intempestivas de la mañana; una de esas ciudades de provincias en mitad de la nada o de todo; una de esas épocas en las que uno debe buscar un camino entre dos... Me siento en el 7B y frente a mí, dos estudiantes, que se bajarán más tarde en otra pequeña ciudad de provincias: esos lugares que son imprescindibles por su gente. Ella: rubia, joven, ojos azules... me mira todo el tiempo, con ese tipo de mirada penetrante y fijadora que hace dudar entre el cotilleo, el espionaje o la nada. También yo me fijo en ella y en su acompañante, otra chica con una maleta enorme, pantalón corto y medio bocadillo de bacon, que deduzco por el olor. Hablan de un examen jodido de una materia jodida y un profesor jodido, pero no me quita ojo. Como uno no es ya universitario, me levanto al baño: quizás voy manchado, o con la barba excesiva, o despeinado lo poco que queda en las cumbres, pero no. Ella allí, mirando, sonriendo. Es una estudiante normal, de una edad normal, de una carrera normal en una ciudad normal. La megafonía avisa; ellas bajan, pero le da tiempo a decirme: "Te conozco del Facebook de una amiga; me gustan tus cuentos, los leo en el móvil camino de la Uni... yo también soy de Albacete". El tren continua, sin ellas...

22 de junio de 2017

Timidez en defensa propia

Dice Marcia, con media sonrisa y mientras el resto la miramos, que lo que somos muchos (hombres) es tímidos... Si me paro a pensar -y a decir- concluyo dándole la razón; es cierto, detrás de muchas miradas hay timidez; detrás de muchos triunfos incluso, hay timidez... Es cierto que ella ejemplifica en el tema amoroso, pero quien es, lo es para todo. Hablar, estudiar, opositar, comprar, reír, soñar, decir, pensar, querer, incitar, votar, opinar, defender, caminar, gritar, soñar, beber, vivir... verbos para el tímido; el que es tímido, lo tiene dentro del círculo. Sólo que algunas personas se ponen como una coraza que parece ser timidez y es defensa propia; a veces, esa gente lleva demasiadas batallas -no necesariamente con vencedores y vencidos- y esa mirada, esa pose, esa cara de timidez es, sencillamente, defensa propia, no otra cosa.

15 de junio de 2017

Lo que hicimos bien...

Mientras tomo un café -que ayuda contra el calor- pienso que no todo se ha hecho mal en España; no es cierto que todo el pasado sea revisable. El episodio político que mejor hemos llevado a cabo colectivamente los españoles ha sido, sin duda, la Transición: ese periodo del que algunos reniegan y que, a pesar de algunas opiniones, entra para la EvAU, se estudia en facultades universitarias de medio mundo y resultó un ejemplo de pragmatismo, sensatez, diálogo y... política. Hace ahora cuarenta años -que se cuentan pronto- que todos los españoles mayores de veintiún años acudieron a las urnas por primera vez tras el final de la guerra civil y de la larguísima dictadura; además, dejando de lado los extremos, los libros de filosofía sesuda, la películas de arte y ensayo subtituladas y los miedos del miedo mismo los españoles votaron mayoritariamente por dos grupos centrados (UCD y PSOE) que, así como el que no quiere la cosa, representaron la socialdemocracia y la democracia cristiana que configuró Europa como el lugar de libertad, democracia e igualdad que aún hoy es. Sí, creo que fue un ejemplo que debe enorgullecernos, más allá de estar en los libros de Historia y de ser ese tema de estudio que apenas se ve porque cae en junio, como todos sabemos. Claro está que desde ahí hasta hoy hay cosas a medio construir, realidades sin hacer y otras mal hechas, pero para eso está la democracia y estarán las generaciones políticas venideras -que no sé si se sientan ahora en el Congreso- para subsanarlo. Se dice, de vez en cuando, que hay que revisar la Transición, probablemente porque no se sabe lo que fue y lo que implicó, claro está, en cuanto a cesión de ideas y de proyectos y en cuanto a consenso en los procedimientos: todos tenían un muerto, detenido o represaliado en la guerra en su familia; en un lado u otro, que asimismo era un mito en casa, pero en 1977 se trataba del interés general: más tarde vendría la memoria histórica. Hoy, sin duda, evocamos a Adolfo Suárez -que a la postre ganó- sentándose a diestra y siniestra y plasmando la realidad nacional en los Pactos de la Moncloa, algo que desconocen quienes a veces dicen haber leído tanto y cuanto y, con el debido respeto, permítanme que lo ponga en duda. La Transición política española es, sin lugar a dudas, lo mejor que han hecho los españoles por la libertad desde que lo intentase por vez primera en serio el general Prim en 1868. Tengo para mí que lo que uno hace bien se mantiene, se defiende y se muestra con orgullo. 

10 de junio de 2017

Con la mirada en lo improviso

En estos tiempos absurdos de la posverdad a mí aún me gusta observar a mi alrededor, incluida la gente, claro; es sencillo, por seguridad y porque del mirar nacen las historias... "Con la mirada en lo improviso", como escribió Gerardo Diego. He quedado con ella, una mujer joven a la que debo explicar cuatro o cinco cosas básicas; me ha citado en un lugar elegante, no sé si lejos de su alcance económico o qué... Mientras me ponen la copa pienso en que ando huérfano de musa, eso que parece absurdo a los de la posverdad, tan poseídos de su mentira sin alma, esa que no pisa la calle. A mí, si unas manos no me sugieren un poema, si unas palabras no me llevan al relato o si unas ideas no me sirven para el teatro, los cardos de las cunetas tampoco me señalan nada, más que el nefasto calor que abría Las uvas de la ira. Llega la autora, con esas ganas de comerse el mundo de los veinte años y me sonríe, sin saber que ese mundo de lobos sólo se combate con altas dosis de paciencia, aderezada de mala leche. Me encanta ver cómo ahora estas generaciones llevan una libreta de tapas duras, un boli y el móvil, bajo cuya carcasa guardan el deneí y veinte pavos que, en un sitio pijo como este, no llegan ni para la propina. Le digo las cuatro básicas y me mira como si yo fuera el tío que lo inventó todo, sin caer en que un día estuve ahí, con las mil pesetas bien dobladas que no daban más que para un par de libros de segunda mano y la copa de vino malo que nos ponían en Alonso Martínez. Además, que me encanta lo que escribe esta generación de ahora; me gusta echarles una mano por decirles que las letras, fuera de un maravilloso libro y un alma que lo dicte, no sirven de nada posverdaderamente... Cuando piensa en que un par de copas, aquí, cuestan más de veinte pavos, se pone roja y le digo que pronto, cuando sea conocida, me pagará la revancha (me mira con asombro). "¿Y tú?", me interroga. "Yo tengo bastante con buscarme una musa...".

22 de mayo de 2017

Les fabuleux

Así, a ratos y en las redes, los posverdaderos -sabiendo de todo y acertando en todo- les entran bien al público y, si nos ponemos, al narrador también. Es modernidad -recuerdo ahora- todo cuanto se crea con el fin de una pervivencia cultural; pero, como si esa nueva gauche divine tuviera la llave para configurar cualquier relato, tomando cualquier punto de vista novelesco que le parezca y con la "suerte" de que siempre ilustran al vulgo... oye que ya no existe otra cosa: "después de mí, la nada", decía aquel. Ahora bien, he ahí que me encanta aguar la fiesta de ese modo que hace pensar que a ver cuántos parados, jubilados que no llegan a medio mes, estudiantes que están atacados con los finales, autónomos con el IVA en ciernes, familias que con cuatro días de veraneo se dan con un canto en los dientes -así, como en 1975, paralelamente comparando- y gente ni siente ni padece, están al día de los dictados electrónicos de estos chiots. Allá por los noventa nos enseñaban que uno va y lee y sale a la calle y se sienta con la gente y escucha -permitiendo al otro su parte de expresión- y palpa la realidad... así sin poses, que "la mejor vida el favor", como dijo Lope en octosílabo. Ocurre que este individualismo en ego mayor nos está haciendo perder la noción de que cualquier arte, idea, expresión, proyecto, solución, si no es para la mayoría "fuese y no hubo nada", pero ahí está esa troupe posverdad que ni come ni deja, ahí es nada.

7 de mayo de 2017

Encrucijadas del decir

No, no es lo mismo decir que callarse; como no es lo mismo decir una cosa o la contraria. Ahora la vida, por lo que sea, se está poniendo en plan desafío constante: no es lo mismo decir que estás con el que defiende la democracia republicana, la idiosincrasia europea y la convivencia que con la heredera de aquellos que, como explicó Churchill, costó 'sangre, sudor y lágrimas' expulsar de Europa en los años cuarenta, no. Tampoco es lo mismo gritar el lema del partido único español, que representaba a la mitad de la nación victoriosa que el grito de viva tu país, que representa a la totalidad de la población, incluidos aquellos que quieren dividirla o que no saben ni en dónde viven, no. Tampoco es igual hablar claro en contra de la corrupción -sea cual sea y sin miedo- que empezar a hacer distingos porque si los míos han metido la mano menos, o mira tú que los tuyos en... no, no es lo mismo ser independiente y condenar al corrupto que atarse a un titubeo que te retrata -lameculos se les decía antiguamente-. En política se puede meter la pata -obviamente, todos somos humanos-, pero jamás la mano. Y escribo esto porque lo peor es actuar como si todo fuera relativo: lo mismo da un presidente de Francia que una presidenta; igual es gritar una cosa, que otra, etc. Pues no, porque no es lo mismo pagar a Hacienda que el te devuelvan; tampoco es idéntico el que te den días de vacaciones o no te los den; para muchos no es igual madrugar que levantarse tarde y como no es lo mismo, tampoco nos valen aquellos que al hablar, al opinar, al pedir el voto no saben ni lo que dicen ni dónde están. No, no es lo mismo llamar que salir a abrir.

2 de mayo de 2017

Lo que faltó por decir...

No sé si ya merece la pena -nos merece la pena a todos, puntualizo-, pero mientras el café sabe esta vez amargo y me acompañan unos versos de Gerardo Diego -tan identificado con él como he estado siempre- pienso en todas las cosas que se me quedaron por decir, algo así como emociones, sentimientos, identificaciones, reproches, indulgencias y toda clase de versos que no nacieron -y si nacieron, nadie los sabe-. Todos tenemos palabras que no dijimos, que no llegamos a decir de tan pensadas... de amor, de pasión, de reproche, de admiración; gente que se ha ido porque hemos tarifado, o hemos cambiado de ciudad, de abrigo, de pasión, de ideología y hasta de cama, pero con quien te ibas de viaje, de cafés o de copas... qué sé yo, esas cosas que tiene la vida, ese tiovivo en el que estamos subidos y que da vueltas cuando menos te lo esperas. Recuerdo ahora, justo ahora -hoy-, nombres y lugares en los que la vida transcurría al precio de confidencias, ilusiones, proyectos; aún parece que queríamos ser todo, hasta que decidimos ser nosotros. Lo que ocurre -tengo para mí- es que eso de mantenerse callado empieza a parecer poco provechoso: con el permiso de una mirada, o del vino que se nos sube, creo que nos toca ser sinceros y decirnos, no vaya a ser que el tiempo y el humo de las revoluciones nos lo impidan. Eso de callar está bien, siempre que no se oculten palabras de futuro, o intenciones de provecho. Ahora que, a estas alturas... Algunas cosas faltaron por decir, sí, a no ser que...

22 de abril de 2017

Torres más altas...

España es un país de incrédulos... y es que el tiempo nos había susurrado al oído caerán. Volemos a un pasado de hace pocos años: allí ellos, pisando fuerte, con la arrogancia del poder y la soberbia de la ignorancia; aquí nosotros, pagando la crisis. Se les veía venir, el perfume que exhalaban ya olía a podrido y en el camino dejaron un reguero de gente útil, muchos de los cuales, sobrevenida la crisis, tuvieron que emigrar: ingenieros, arquitectos, profesores, médicos, enfermeras... gente normal, de esa de la calle, hijos del trabajo, gente que sabe qué es el mérito y el esfuerzo y que no llevan apellidos rimbombantes de familias de cuando las calles eran de tierra, ahí es nada. Tuvieron sus minutos de telediario; guapos, sonrientes, engominados, entaconadas... Pero nos lo decía el olfato, solo que alguna gente creía que el tiempo iba a fallar en este caso, pero se barruntaba: como aquella vez que esperaban que un mafioso de Chicago cayera por sus delitos y la pista estaba en los impuestos; ahora, sencillamente, era cuestión de mirar en otro lado, de preguntar a una víctima, porque esos individuos tan soberbios siempre creen que el que está enfrente es una mierda, hasta que acaban durmiendo en duro, lloren o no lloren. El tiempo es como aquel viejo de un pueblo de Castilla que salió y le dijo al nieto "cógete una silla y siéntate a esperar el cadáver de tu enemigo pasar por tu puerta, pero no te olvides la paciencia". Eso que Calderón llamó justicia poética; justo Calderón, el padre del conservadurismo español. ¡Qué cosas tienen en España!